La vida misionera y el anuncio del Reino

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La vida misionera nace del propio Evangelio. Es una dimensión esencial del seguimiento de Jesucristo. Desde el inicio de su vida pública, Jesús se presenta como el Enviado del Padre, aquel que vino a anunciar la Buena Nueva del Reino a los pobres, a liberar a los oprimidos y a revelar el amor misericordioso de Dios (Lc 4,18-19).

Jesús nos inspira a ser misioneros(as) del Reino por amor y para el amor en todos los lugares, pues Él es el primer misionero del Padre. En los Evangelios, vemos a Jesús siempre en movimiento: recorre ciudades y aldeas, entra en las casas, se acerca a los enfermos, se sienta a la mesa con los pecadores, dialoga con los marginados. Toda su vida es misión. Él mismo afirma: “Como el Padre me envió, así también yo os envío” (Jn 20,21).

Jesús no guarda el Evangelio para sí. Llama a discípulos, los forma y los envía. En el Evangelio de Marcos leemos que Él llamó a los Doce “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). Estar con Jesús y ser enviados caminan juntos; es decir, Jesús llama, envía y permanece inspirando a sus seguidores. La misión nace de la intimidad con Él, y esa intimidad se fortalece en los momentos de oración, de silencio y de escucha.

El envío de los discípulos aparece de modo claro en los Evangelios: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). Este mandato misionero no se limita a un anuncio verbal. Jesús envía a sus discípulos a curar a los enfermos, liberar a los oprimidos y testimoniar el amor de Dios con gestos concretos (cf. Mt 10,7-8). La vida misionera es, por lo tanto, anuncio y testimonio, palabra y acción, fe y caridad.

En el documento Evangelii Gaudium, el Papa Francisco recuerda: “La evangelización es la tarea de toda la Iglesia. La Iglesia existe para evangelizar” (EG, 14). La Iglesia, por su propia naturaleza, es misionera. El Concilio Vaticano II afirma con claridad en el decreto Ad Gentes: “La Iglesia peregrina es, por su propia naturaleza, misionera”.

Se comprende que todo bautizado está llamado a ser misionero, no solo en tierras lejanas, sino en el propio ambiente de vida: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en la sociedad. La misión comienza donde estamos.

La vida misionera no está reservada a algunas personas, sino que es vocación de todo cristiano. Como afirma el Papa Francisco: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (Evangelii Gaudium, 273).

Vivir la misión hoy exige valentía, fe y apertura al Espíritu Santo. El misionero está llamado a salir de sí mismo, a ir a las periferias existenciales, a dialogar con culturas diferentes y a anunciar el Evangelio con respeto, alegría y esperanza.

El Papa Francisco insiste en una Iglesia en salida, que no se encierra en sí misma: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por haber salido a los caminos, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad” (EG, 49).

La vida misionera se sostiene en la oración, en la Palabra de Dios, en los sacramentos y en la comunión fraterna. Sin una profunda unión con Cristo, la misión se convierte en un activismo vacío y sin sentido. La vida misionera es respuesta al amor de Dios que nos fue dado primero. Es vivir como discípulos-misioneros, configurados con Cristo, anunciando con la vida que Dios ama, salva y camina con la humanidad. Inspirados por los Evangelios y guiados por las enseñanzas de la Iglesia, somos llamados a renovar diariamente nuestro “sí” a la misión, confiados en que es el propio Señor quien camina con nosotros: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Las palabras de Jesús nos fortalecen en nuestra misión cotidiana, tanto en los pequeños gestos como en los grandes desafíos.

La vida misionera nos lleva a hacer concretas las palabras del Evangelio. Seamos confiados y tengamos la certeza de que jamás estaremos solos, pues Dios camina siempre a nuestro lado en todos los caminos.

Por Hermana Luciana Ventura – RMNSD

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